martes, 17 de agosto de 2010

De visita en el mercado

Mercado Municipal de Chacao

Hace dos semanas estuve en el mercado de Chacao. Tenía mucho tiempo que no lo hacía pues me mudé al otro lado de la ciudad. Fue una hermosa experiencia. Aunque me costó adaptarme a sus nuevas instalaciones, me deslumbró el orden, la limpieza, la creativa e imaginativa presentación de los productos y la sempiterna alegría vocinglera de vendedores y compradores. Me invadió la nostalgia de mis años juveniles de la cual no me pude escapar.
Por allá en el año 1976, cuando aún era estudiante, solía encargarme de las compras del mercado, bajo las tres premisas básicas de las tres “B”, Bueno, Bonito y Barato. Todos los viernes en la noche, como un acto cargado de curioso ritualismo, entre risas y sorbos de café, bajo la dirección coral de mi madre Eva, realizábamos la famosa lista del mercado: un tanto de tomate, un puñado de ají dulce, cinco cebollas: dos grandes para la sopa de cebolla y tres medianas para el resto de la comida; un ramillete de compuesto con un poco más de cilantro y de mi hierba preferida, la hierbabuena, para acariciar y perfumar la famosa pizca andina que muchos domingos formaba parte de los desayunos de los Cáceres.


Como en mi casa materna éramos de gustos encontrados, entre la posible modernidad y las viejas tradiciones, la decisión de qué comprar tenía que pasar por un mecanismo bien instalado de consenso: ¿queso mozzarella o queso duro para rallar? Aquí se “encendía la mecha” entre quienes en la familia abogaban por alimentos “de dieta”, los que fundamentaban su elección en razones económicas y los “exquisitos” que imaginaban ricas recetas.
De igual forma, era la compra de las frutas. Mi madre se inclinaba por la guanábana, el mango de hilacha, la tuna, el níspero, la lechosa; el resto por las glamorosas frutas europeas. Una vez concluida las sesiones de debate, la negociación se cerraba con un dejo de sensatez. Llegaba a mis manos la “lista imposible” que aguardaría la noche del viernes, lista para acompañarme en mi peripecia sabatina.

Bien temprano con mi lista en mano y el dinero correspondiente, salía al mercado Municipal de Chacao. Por aquellos tiempos no había transporte público desde los Palos Grande a Chacao, de modo que caminaba a la Avenida Francisco de Miranda a tomar lo primero que pasara, el autobús o el carrito por puesto. Cuando por fin llegaba al mercado acordaba con uno de los muchachos que prestaban el servicio de llevar las compras en unas bolsas elaboradas con yute o plástico de color blanco, para lo cual acompañaban al comprador a lo largo del recorrido por el mercado, a cambio de una módica suma de dinero. Al final de las compras, el “taxista” nos transportaba a nuestros respectivos domicilios, una vez lleno su carro con cinco compradores que igualmente se dirigían a Los Palos Grandes. La maleta del vehículo, muchas veces a medio cerrar, por lo voluminoso de los sacos con las mercancías, conformaban un espectáculo visual que nunca olvidaré.

Verdaderamente, hoy en día, cuando regreso a los mercados me recreo en cada momento con aquellos olores de hierbas frescas (el tomillo, el cilantro, la hierbabuena, el malojillo), y las especies (la canela, los clavitos de olor, el comino, la pimienta, el curry), así como las coloridas imágenes atesoradas en el tiempo, de las frutas, las legumbres, los rostros de la gente y el rítmico sonido de las voces entre vendedores y compradores al son de un chiste que al vuelo algún risueño caraqueño salpicaba. Las compras en el mercado los días sábado llegaron a ser uno de mis grandes disfrutes. Me enseñaron a apreciar la nobleza de los productos sencillos, sin los aspavientos de los procesos industrializados; de disfrutar su frescura y naturalidad; de descubrir que en ellos radicaba uno de los secretos de la cocina de mi madre y, porqué no, de los secretos de la mía.






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